América reniega de sus orígenes

POR: ALFONSO ENSEÑAT DE VILLALONGA

No se comprende cómo un incidente policíaco -desdeñable, por supuesto- con un negro afroamericano en Estados Unidos, haya podido desencadenar un odio hacia el legado español en ese gran país; sobre todo, si se tiene en cuenta que son hechos que no guardan relación alguna entre sí. De repente han surgido unas turbas desenfrenadas que necesitan destruir los iconos principales que presiden nuestra actual civilización, equilibrada y digna, la cual se ha ido creando y afinando a lo largo de los siglos.

Si América no la hubiera descubierto Colón, tal vez estaría peor que el continente africano en cuanto a nivel cultural y económico, ya que sus recursos naturales son tal vez inferiores.

A principios del siglo XX, Argentina era el segundo país del mundo por renta per cápita, pero surgió el peronismo, que fue secundado por el Presidente Jorge Augusto Videla – a quien conocí-, que arrojaba desde aviones al océano a sus enemigos del régimen. Más tarde, surgió la Presidenta Cristina Kirchner, a la que le horrorizaba la contemplación desde la Casa Rosada de la estatua de Colón -financiada por la numerosa colonia italiana – y que adornaba el centro de la bella plaza de enfrente, por lo que ordenó que fuera derribada e insultada por la plebe. No tuvieron que transcurrir muchos años para que el dictador comunista Hugo Chávez, discípulo de Fidel Castro, derribara una de las mejores estatuas de Colón y fuera arrastrada por acémilas por las grandes avenidas para solaz de la turba populachera, que vomitaba su odio sobre el Gran Almirante.

No podía ser menos el protagonismo de Norteamérica en estas lides, y al cabo de unos años se ensañaron con los monumentos dedicados al genio del mar, cuyas estatuas se alzaban airosas en California, Richmond (Virginia), Boston (Massachusetts), Washington y Nueva York, y fueron también derribadas de su pedestal, decapitadas, arrojadas algunas al río y pintarrajeadas con pintura roja, color emblemático de la izquierda radical.

Detrás de este ensañamiento contra la imagen del gran nauta, acompañado de otros actos vandálicos, se percibe una ignorancia de la historia real, que algunos desalmados pretenden reescribir, desfigurándola. Algunos estadounidenses se olvidan o desconocen que su gran país no hubiera podido ganar la Guerra de la Independencia sin la ayuda de Francia y España, lo cual no deja de incomodar a algunos sectores de la población por extrañas circunstancias, difíciles de descifrar.

España ayudó a los ciudadanos de las trece colonias británicas en Norteamérica con armas, grandes cantidades de pólvora, mantas, uniformes, tiendas de campaña, quinina y otros suministros para el abastecimiento de las tropas del Ejército Continental, así como con importantes partidas de dinero en metálico en concepto de ayuda financiera para la causa, canalizado por Diego Gardoqui, y finalmente con ayuda militar directa. George Washington reconoció públicamente que sin la ayuda de España no hubiera sido posible su triunfo en la Guerra de la Independencia. Dicha ayuda superó con creces a la francesa.

El malagueño Bernardo Gálvez (1746-86), Gobernador español de Louisiana (1776-83), colaboró eficazmente con el Ejército Continental, formado por las trece colonias británicas.

De la enorme importancia de Gálvez en la Guerra de Independencia nos lo corrobora el que el Presidente Barack Obama ordenase colgar en el Senado estadounidense un retrato del gran americanista español.

En Nueva Orleáns y Washington se alzan con gallardía y con profundo respeto de la población, las estatuas de Gálvez. En su honor recibió el nombre de Galveston una ciudad de Texas.

Otra figura indispensable para conocer el papel de España en la configuración de Estados Unidos fue el menorquín David Ferragut, que fue el primer Gran Almirante de la Armada de Estados Unidos desde 1866, logrando el reconocimiento por parte del entonces Presidente de ese gran país, Abraham Lincoln.

En julio de 1776 se aprobó la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. La guerra finalizó en 1783 con el Tratado de París y la victoria de las Trece Colonias estadounidenses. Estas fechas son emblemáticas para conocer la importancia de la aportación hispánica a la creación de los Estados Unidos.

Si hay tribus indias en Estados Unidos es gracias a España, la cual envió a Fray Junípero Serra, natural del pueblo de Petra, de la isla de Mallorca, para fundar varias misiones, que se extendieron por todo el norte de California, destacando San Diego de Alcalá (1769) y San Francisco de Asís (1776), como antes lo hicieron otros misioneros en Texas, fundando la misión de San Antonio. Las nueve misiones californianas y la tejana fueron primordialmente creadas para evangelizar a los nativos, pero otro objetivo muy relevante fue la integración de los indígenas en la sociedad hispana y su capacitación para asumir la propiedad y gestión de la tierra. En su condición de promotor de la colonización de la Alta California, Fray Junípero es el único español que tiene una estatua en el Salón Nacional de los Estados Unidos en el Capitolio, donde reside el poder legislativo.

En pleno auge del Romanticismo, el norteamericano Washington Irving escribió en 1827 su magnífica biografía del gran descubridor. A partir de entonces, se empieza a mitificar a Colón y desde la unificación de Italia en 1870, el genio del mar será el pasaporte de los italianos para emigrar al Nuevo Mundo. El “Columbus Day” americano será la gran fiesta de la numerosa colonia italiana en Estados Unidos, especialmente en Nueva York. La hazaña del descubrimiento será desde entonces una gesta totalmente italiana y solo le quedará a nuestro país la falaz leyenda negra del genocidio y la acusación de expolio del oro y plata extraídos de las fabulosas minas del nuevo Continente -que los nativos no sabían encontrar ni explotar- y en buena parte robados por corsarios a sueldo de la Corona inglesa y no precisamente para devolverlos a los pobres e ignorantes indígenas, supuestamente expoliados, que a cambio, recibieron de la metrópoli la enseñanza de la religión, un idioma universal y una cultura, de la que han dejado constancia las primeras universidades construidas en el continente americano, empezando por la de Santo Domingo en 1538, cuarenta y seis años después del descubrimiento , seguida de la de Méjico en 1551 y la de Lima en 1553, y cien años antes de que la primera universidad yanqui de Harvard fuera levantada en 1636 por los ingleses; así como las esplendorosas catedrales barrocas y las ciudades americanas mejor urbanizadas de su época, y por último, las mejores infraestructuras viarias, portuarias, hidráulicas y militares, junto con las mejores explotaciones agrícolas y ganaderas de todo el Continente americano, sin olvidar la introducción de la caña de azúcar y de la cría caballar, verdadero motor de la economía, basada en los medios de transporte, en una región de la Tierra que aún no conocía la rueda.

El dólar, la conocida moneda estadounidense, tiene un inequívoco origen en la vieja moneda española. Es éste un capítulo más del legado de España en Norteamérica.

El llamado real de a ocho de plata de Carlos III, también llamado peso duro o simplemente “duro” fue la moneda más importante del Imperio Español y del mundo entero en su época. Los reales de a ocho fueron la primera divisa universal. La moneda española era aceptada y apreciada por los comerciantes de todo el mundo. Pero, sobre todo, la moneda española circulaba en las trece colonias británicas de América del Norte, mucho antes de que se declarara la independencia. En las trece colonias era conocida, primero, como “spanish thaler”, pasando después a “spanish daller”, y finalmente en “spanish dólar”.

En 1792 la Casa de la Moneda de Estados Unidos creó el dólar estadounidense, pero resultó menos popular que el dólar español, ya que éste era más pesado y tenía más contenido de plata. El uso del dólar español fue abolido en Estados Unidos en 1857.

En el reverso del dólar español figuraban las dos columnas de Hércules y dos cintas rodeando cada una de las dos columnas con el lema “plus” en la primera, y “ultra” en la segunda, por disposición del Emperador Carlos V. En cambio, en el reverso del dólar estadounidense las dos columnas se estilizaron en dos palos rodeados por una “S” -simplificando las cintas, que conforman el anagrama” $”, de todos conocido. El signo del dólar forma parte inexcusable del legado español.

Pese a este pasado digno de admiración, Colón se ha convertido en el chivo expiatorio para los que intentan reescribir la historia de América y de Estados Unidos, por lo que se le atribuyen muchos sucesos que tuvieron lugar varios siglos después.

 

Alfonso Enseñat de Villalonga, Doctor Ingeniero Industrial del Estado; Genealogista; Investigador y Colombista, que durante muchos años ha impartido conferencias y publicado libros sobre Colón.