¿España debe pedir perdón por la conquista de Méjico?

Por: José Antonio de Yturriaga

Últimamente Méjico ha celebrado dos importantes centenarios: el V de la conquista de Tenochtitlan por Hernán Cortés y sus aliados indígenas y el comienzo de la colonización de la Nueva España, y el II de la independencia de la República. Para ir calentando la celebración de estas efemérides, su actual presidente, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), en marzo de 2019 exigió al rey Felipe VI y al Papa que pidieran perdón por aquella conquista. La Corona española ignoró tan extravagante demanda, pero el Papa Francisco ha accedido a ella.

 

V CENTENARIO DEL FIN DEL IMPERIO AZTECA

El 13 de agosto de 1521, Cortés al frente de unos 300 guerreros españoles y miles de indígenas conquistaron la ciudad lacustre de Tenochitlan, capital del Imperio azteca. Como ha señalado Alberto Gil Ibáñez, es falso el supuesto mito del paraíso precolombino, porque -en el momento de la llegada de los españoles a Méjico- el Imperio maya ya había desaparecido e imperaba el azteca o mexica, que había sometido a los demás pueblos mediante una opresión brutal y la práctica de los sacrificios humanos y de la antropofagia, que suponían la muerte anual de entre 20 y 30.000 personas –algunos historiadores han elevado la cifra a 80.000- en una población de unos 5 millones de habitantes. La conquista de Cortés sólo fue posible gracias a la ayuda de unos 200.000 indígenas oprimidos, que vieron en él a un libertador del yugo azteca, como describió en su “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” Bernal Díaz del Castillo, testigo presencial de los hechos y activo participante en los mismos.

Historiadores mejicanos y norteamericanos han tratado de rebajar el protagonismo de Cortés y de los españoles en la toma de la capital mexica, que supuso el fin del Imperio azteca y el inicio de la colonización española, y adjudicárselo casi en exclusiva a sus aliados indígenas. Así –en su libro “¿Quién conquistó México?-, Federico Navarrete ha mantenido que fueron Malinche y los indígenas conquistados por los mexicas. Dado que Cortés tenía un ejército minúsculo, los verdaderos vencedores fueron sus aliados, los enemigos mesoamericanos del Imperio azteca. Según Matthew Restall, Cortés no fue un brillante estratega y su victoria fue conseguido gracias a los indígenas. Bueno –digo yo-, algo debió contribuir a la empresa el infravalorado Cortés, sus soldados, sus caballos y los navíos españoles que cercaron la ciudad. Es cierto que sin la ayuda de sus aliados nativos no habría logrado llevar a cabo semejante hazaña frente a miles de defensores debidamente parapetados en la hasta entonces inexpugnable fortaleza, pero, si el capitán español era tan sólo el figurón oportunista que pretenden retratar, ¿por qué no consiguieron las mayoritaria tribus indígenas doblegar a los aztecas y conquistar antes su capital? Cortés –persona ilustrada en lo militar y en lo civil- fue no sólo un brillante estratega, sino también un excelente diplomático, que consiguió que las divididas tribus indígenas se unieran bajo su mando y lo ayudaran a acabar con el sanguinario Imperio mexica.

Según el profesor de la universidad de Rosario, Marcelo Gullo, AMLO defiende las atrocidades de los aztecas a las que Cortés puso fin -lo que desde un punto de vista de la izquierda resulta totalmente indefendible- y de culpar a los españoles de todo género de maldades. En un video promocional del quinto centenario de la caída de Tenochtitlan, el Gobierno mejicano ha reivindicado las culturas milenarias precolombinas, que han dado “rostro y corazón” al Méjico actual. Supongo que lo del corazón hace referencia a las benéficas prácticas de los aztecas que extraérselo a sus víctimas para ofrecérselo a sus dioses.

 

II CENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA DE MÉJICO

En el citado video, el narrador afirma de forma grandilocuente que, en 1810 tras el “grito de Dolores” del cura Hidalgo, el pueblo mexicano –harto del yugo colonial- rompió las cadenas de la opresión de España, que le dejó una herencia de exterminio y de muerte. En la historia de Méjico contada por el oficialismo gubernamental, hay un agujero negro de 300 años y los niños mejicanos aprenden en sus textos escolares que su país pasó de las gloriosas culturas prehispánicas a la independencia y a Pancho Villa sin solución de continuidad.

Así, se les priva de saber que esos 300 nefastos años fueron los más brillantes de su historia. La Nueva España no fue una colonia -como las posesiones de Inglaterra, Francia u Holanda-, sino una parte del Imperio más poderoso de los siglos XVI y XVII. El virreinato fue un emporio de prosperidad y cultura para la época, si bien no cabe caer en la “leyenda blanca” y afirmar que todo fue perfecto, porque también muchas cosas se hicieron mal, como ocurrió asimismo en la metrópoli. Según Gil Ibáñez, el período virreinal fue un éxito de prosperidad y de modernidad, un polo de progreso económico y social, y de conexión comercial con el mundo –recuérdese el galeón de Manila o Acapulco, que unió tres continentes y permitió el desarrollo del tráfico comercial entre Oriente y Occidente-, un ejemplo de honestidad y eficacia, y una fuente única de mestizaje, pues, si bien hubo conflictos entre los españoles y los autóctonos, también hubo colaboración y mezcla vital. Cuando Alejandro de Humboldt visitó la América hispana a principios del siglo XIX iba con muchos prejuicios contra España y su labor colonizadora, pero tuvo que reconocer que los virreinatos estaban muy bien organizados, eran bastante prósperos y no había corrupción institucional. Constató que los indios y mestizos asimilados ocupaban un lugar en el mundo hispano, participaban abiertamente y sin trabas en la vida de la comunidad, y su situación era mejor que la de muchos campesinos del norte de Alemania.

Sobre la situación de los nativos, mientras en Canadá murieron el 95% de los indígenas y al norte del río Grandes apenas quedaron indios, en el momento de la independencia de Méjico el 50% de la población era mestiza, porcentaje que por cierto se ha reducido al 30% en el México indigenista de AMLO. En la época de su predecesor Porfirio Díaz, los pocos mayas que quedaban fueron exterminados.

El Imperio fundó durante esos tres siglos 27 universidades en América, tres de ellas en la Nueva España: las de Ciudad de Méjico en 1551, de Mérida enn1624 y de Guadalajara en 1792. La primera universidad de Estados Unidos –la de Harvard- fue fundada en 1636 y la primera en Canadá –la de Toronto- en 1841. Ni portugueses ni holandeses crearon una sola universidad en sus colonias. El primer libro que se imprimió en 1539 en Méjico fue un catecismo bilingüe titulado “Breve y compendiosa Doctrina Cristiana en lengua mexicana y castellana”. En 1580, Felipe II ordenó que se crearan cátedras de lenguas indígenas para fomentar su estudio y conocimiento. Desde 1551 había una cátedra de Medicina en la universidad de Méjico, mientras que la primera cátedra en la materia no se creó en Estados Unidos hasta 1765. El primer hospital en América lo abrió Nicolás Ovando en Santo Domingo por expresa orden del rey Fernando de que los creara donde fuera necesario, en los que “se acojan y curen así los cristianos como los indios”. Se crearon tres hospitales en Méjico entre 1521 y 1528.

No hay indigenismo genuino en Estados Unidos o en Canadá, porque apenas quedan indígenas, a diferencia de lo que ocurre en Hispanoamérica, donde prolifera un indigenismo desaforado, que se dirige, no contra Inglaterra o Estados Unidos -que exterminaron a sus indígenas-, sino contra España, que fue la única potencia que permitió el mestizaje. Resulta ridículo y paradójico que en los Estados Unidos de las reservas indias y el “black lives matters”, los descendientes de los exterminadores de los indios autóctonos critiquen violentamente al Estado que favoreció el mestizaje, y descabecen las estatuas de Isabel la Católica, Cristóbal Colón o Fray Junípero Serra. Convendría que estos descerebrados –uno de cuyos líderes tiene un apellido irlandés- leyeran el testamento de Isabel de Castilla redactado en 1504, en el que la reina instaba a su esposo el rey Fernando y a su hija y heredera Juana, a que indujeran a los vecinos y moradores de las Indias a que se convirtieran a la santa fe cristiana, y fuera tratarados bien y justamente, sin que “reciban agravio alguno en sus personas ni bienes”.

Ha sido al Rey de esta España -con una conducta histórica muy superior a otras potencias coloniales en América- a quien AMLO ha exigido que pida perdón. En su carta a Felipe VI le manifestó que, para superar de forma definitiva los desencuentros, los rencores, las culpas y los reproches que la Historia había colocado entre los pueblos de España y México, sin ignorar ni omitir las ilegalidades y los crímenes que los provocaron, debía pedir perdón al pueblo mexicano. El Rey no contestó a la impertinente carta y la Casa Real no difundió un comunicado en el que lamentaba profundamente la misiva y rechazaba firmemente los argumentos en ella expuestos. En octubre de 2020, AMLO declaró que no descartaba que hubiera por parte del Gobierno español y de la Monarquía un cambio de actitud y que, con humildad, ofrecieran una disculpa, una petición de perdón, para dejar atrás esa confrontación, hermanarse y mirar hacia adelante. Lamentó que Felipe VI no hubiera tenido la delicadeza de contestar a su petición de disculpa, mientras que él si había pedido perdón. “Ofrecemos perdón a las víctimas de la catástrofe originada por la ocupación militar española de Mesoamérica y al resto del actual territorio mexicano”.

El presidente no invitó a los actos conmemorativos de la independencia a ninguna alta personalidad española y, durante la ceremonia, expresó su agradecimiento a Francia, Italia, Estados Unidos y al Papa por su colaboración. AMLO añadió que a lo mejor había omitido mencionar algún otro país, no sé si como una muestra de su cinismo o por tener la conciencia “sporca”. Al igual que el Papa, no ha entonado un “mea culpa” a los pueblos indígenas sojuzgados, sino un “sua culpa”, al pedir perdón por los supuestos pecados o delitos cometidos por otros. Resultaría ridículo disculparse por la conquista de Méjico a unos mejicanos que son los hijos de ella, porque –como ha comentado acertadamente José María Aznar, aunque de forma políticamente incorrecta y plena de sarcasmo- ¿a quién había que pedir perdón? ¿A Andrés Manuel López Obrador? Andrés por parte de los aztecas, Manuel por los mayas, López una mezcla de aztecas y mayas, y Obrador por Santander. “Si no hubiesen pasado algunas cosas -le replicó Aznar-, ni Vd. podría llamarse como se llama, ni haber sido bautizado”. Gil Ibáñez ha dicho que, si los mejicanos odian a los españoles, se odian a sí mismos, ya que todos –criollos o mestizos- tienen la misma herencia genética, cultural e histórica.

Isabel Díaz Ayuso también se mostró contraria a presentar disculpas e hizo desde Nueva York un alegato en favor de la acción de España en América, y sobre ella se han centrado las críticas de la progresía española desde los medios “prisaicos” ¿Qué disparates ha dicho la presidenta madrileña para recibir semejante fuego graneado? Pues que 1) el legado español consistió en llevar el cristianismo y la civilización al continente americano. Carlos Cué ha manifestado que sin duda Ayuso sabe más de Latinoamérica, de su Historia y de lo que supuso allí la evangelización que un cura del barrio de Flores –Buenos Aires- que se pasó media vida oliendo la pobreza en las villas-miseria argentinas. Iñaki López ha añadido en la Sexta TV que, además del catolicismo, España llevó a América toda una serie de enfermedades –gripe, viruela, difteria, sarampión, tifus y peste-, nuevas modalidades de esclavitud y la Santa Inquisición. “Alguna razón debe encontrar Francisco para disculparse”. El diputado de Más Madrid, Hugo Martínez Abarca, ha cerrado el ciclo afirmando que, cuando el Papa pedía perdón por las atrocidades cometidas para imponer el catolicismo y Ayuso se atrincheraba en una ridícula mitología imperial, el Papa demostraba que tenía mucha más confianza en su catolicismo que Ayuso en su españolidad y, por ello, no necesitaba negar lo evidente.

España llevó la libertad a América. Resulta obvio que Cortés liberó a los pueblos mejicanos de la cruel tiranía del Imperio azteca, pero los “progres” han destacado que el Imperio español mantuvo la esclavitud en América, que no fue abolida en España hasta 1837 y en Cuba hasta 1886. Esto es sólo verdad a medias. España prohibió la esclavitud de los indios, aunque al principio se cometieron algunos abusos a través de las encomiendas, que pronto fueron subsanados. Ya en 1511, fray Antonio de Montesinos defendió en un famoso sermón la humanidad de los indígenas, y se trasladó a España para defender su tesis ante el rey Fernando, que la aceptó y prohibió la esclavitud de los indios 40 años antes de que Bartolomé de las Casas, obispo de Chiapas, publicara su “Brevísima recopilación”, que sirvió de base al desarrollo de la Leyenda Negra por su crítica furibunda a la actuación de los conquistadores españoles.

El problema fue que, al reconocerse la igualdad de españoles e indios, se acabó la mano de obra barata y entonces se recurrió a la esclavitud de los negros que no importaba a nadie, pues el propio fray Bartolomé creía que no tenían alma y podían ser esclavizados para sustituir a los indios en el trabajo. España apenas participó en el tráfico de esclavos -que quedó en manos de los civilizados ingleses, holandeses y portugueses-, aunque se aprovechó de él para conseguir trabajadores. Pero incluso los esclavos de origen africano eran mejor tratados que en las posesiones inglesas u holandesas y se produjo un mestizaje entre blancos, indios y negros, que generó hasta 16 combinaciones, que dieron lugar a castas que tuvieron una repercusión más socioeconómica que puramente racial.

El indigenismo es el nuevo comunismo. Quizás esta frase fuera poco afortunada, si bien tenía algún fundamento, pues el indigenismo está siendo manipulado por algunos países bolivarianos –como Venezuela y Bolivia- para atacar a España. Según Gullo, el fundamentalismo indigenista nació en los sectores más oligárquicos que estuvieron detrás de la independencia de las distintas repúblicas, con la ayuda de Inglaterra, que les impuso la libertad de comercio –hasta entonces monopolizado por España- en su beneficio. Tras apoderarse de las tierras de los indios utilizaron el indigenismo para justificar la separación de la metrópoli, cuando la independencia fue consecuencia de una guerra civil, en la que buena parte de los indios y de los mestizos se situaron del lado de España. Según Ricardo García Cárcel, el criollo colonizador se autoconvirtió en colonizado y esta transmutación le llevó a defender el indigenismo y la Leyenda Negra. Hasta el Congreso Comunista de Montevideo en 1930, la izquierda no asumió el indigenismo hostil a España, que se agudizó tras la conversión al comunismo de Fidel Castro. El movimiento se propagó en los regímenes populistas que, por la ignorancia de unos –como Ivo Morales- o por el oportunismos de otros –como AMLO- han hecho suyo ese relato. El indigenismo compartía ideas racistas, pues líderes como Morales creen en la pureza racial y rechazan el mestizaje. Los perdones anacrónicos tienen un efecto negativo pues encubren una mentira que nos hace esclavos del rencor. “Pedir perdón por lo hecho por Hernán Cortes -concluye Gullo- es como pedir perdón por haber derrotado al nazismo”.

 

CARTA DEL PAPA PIDIENDO PERDÓN POR LA CONQUISTA DE MÉJICO

AMLO instó en 2019 al Sumo Pontífice a que pidiera perdón por la conquista de México y el Papa Francisco ha accedido a esta injustificada petición y enviado el pasado 16 de septiembre una carta al arzobispo de Monterrey y presidente de la Conferencia Episcopal Mejicana, Mons. Rogelio Cabrera, con motivo del bicentenario de la independencia de México. En ella, el Papa afirmaba que, para fortalecer las raíces de una nación, era preciso hacer una relectura del pasado, teniendo en cuenta tanto las luces como las sombras que han forjado la historia del país. “Esta mirada retrospectiva incluye necesariamente un proceso de purificación de la memoria, es decir, reconocer los errores cometidos en el pasado que han sido muy dolorosos”. El Papa ya había pedido con anterioridad “perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización”. En 2015, Francisco había pedido perdón en Bolivia “no sólo por las ofensas de la propia Iglesia, sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América”.

El Papa afirmaba que no evocaba los dolores del pasado para quedarse ahí, “sino para aprender de ellos y seguir dando pasos con vistas a sanar las heridas, a cultivar un diálogo abierto y respetuoso entre las diferencias, y a construir la tan anhelada fraternidad, priorizando el bien común por encima de los intereses particulares, las tensiones y los conflictos”. ¡Amén! Había que seguir viviendo el presente y construyendo el futuro con gozo y esperanza, reafirmando los valores que los habían constituido como Pueblo, tales como la independencia, la unión y la religión.

Así pues, llovía sobre mojado. Aunque, con la proverbial sutileza vaticana, el Papa no mencionara explícitamente al supuesto pecador, sí lo hacía implícitamente ya que sólo España participó en la “llamada conquista de Méjico”. Francisco hizo una referencia sibilina y vaga a unas acciones recientes “que se cometieron contra el sentimiento religioso cristiano de gran parte del pueblo mexicano, provocando con ello un profundo sufrimiento”. ¿A qué acciones se refería? ¿quiénes las cometieron? ¿quiénes las padecieron? Si según los “vaticanólogos” se refería a los numerosos casos de pederastia cometidos por religiosos miembros de los Legionarios de Cristo y especialmente por su fundador, el mejicano Marcial Maciel, el Papa debería haber sido más explícito y condenado con nombres y apellidos a los autores de estos pecados -al par que delito-, de los que sí era responsable la Iglesia.

El Papa es el pontífice supremo de la Iglesia Católica, que goza de infalibilidad en los temas de dogma –que son muy pocos-, y de gran autoridad y predicamento en los temas morales. Pero es asimismo el jefe de un micro-Estado y, en cuanto tal, realiza actividades políticas que pueden ser discutibles y discutidas por los fieles católicos. Como ha señalado Gullo, el Papa no es un experto en Historia y, en esta materia, tiene la misma autoridad que sobre cuestiones deportivas, es decir, ninguna, por lo que ningún católico está obligado a aceptar obligatoriamente su opinión en cuestiones de Historia. Con el debido respeto a Su Santidad en cuanto católico practicante, estimo que se ha equivocado en sus apreciaciones sobre la conquista de Méjico por parte y le ha hecho el juego al populista presidente mejicano. Aunque habla de luces y sombras, insiste en las segundas e ignora las primeras, como fueron la liberación de los pueblos mejicanos de la inhumana tiranía azteca o la evangelización de sus habitantes. En una declaraciones que hizo al periodista de la COPE Carlos Herrera, Francisco dijo –hablando sobre el tema de Afganistán- que había que guardar las tradiciones de los pueblos y expresó su acuerdo con la afirmación de Angela Merkel de que no era justo intervenir desde fuera para imponer la democracia a estos pueblos. No creo, sin embargo, que se deban respetar tradiciones de los países musulmanes como la ablación o la lapidación, o las de los aztecas de sacrificios humanos y de antropofagia. No se puede evaluar con un pensamiento del siglo XXI acontecimientos ocurridos en el en el siglo XVI. Aunque la conquista y la evangelización de la Nueva España no fueran perfectas, eran mucho mejores que la tiranía, la esclavitud y los sacrificios humanos que prevalecían a la sazón en Méjico y a los que Cortés puso término.

El papa Francisco no ha mostrado especial afecto por España, como prueba que, durante sus casi 9 años de pontificado, no haya tenido a bien visitar nuestro país. Ha viajado a países donde poco o nada se le había perdido –como Marruecos o Albania-, pero no un país que –pese a su gradual descristianización- sigue siendo uno de los Estados más católicos de Europa, y ha pasado por alto efemérides tales como las relacionadas con Santa Teresa de Ávila. Maestra de la Iglesia. A lo más que ha llegado tras la invitación del presidente de la Xunta, Alberto Núñez, a que asista al Año Jacobeo ha sido que se lo pensaría. Puede que en esta actitud reticente influya su opinión de que España no se ha reconciliado aún con su propia Historia. Con estas palabras dichas a Herrera, el Papa ignoraba la modélica transición española y la Ley de Amnistía adoptada en 1977 por amplísimo consenso en las primeras Cortes de la democracia.

 

REACCIONES A LA CARTA DEL PAPA

La carta del Papa no ha sido bien recibida en España, incluso en sectores católicos, si bien ha sido curiosamente elogiada por personajes de izquierdas que no son católicos. En un artículo del director de “La Razón” titulado “No entendemos al Papa peronista”, Francisco Marhuenda ha afirmado que, como católico, sentía mucha pena y era incapaz de interpretar las palabras del Papa que cuestionan la extraordinaria labor evangelizadora realizada por España. “No entiendo el origen de esta inspiración que le induce a mostrarse tan desabrido con un país que tanto ha hecho por la Iglesia”.

La presidenta Díaz Ayuso ha comentado que le sorprendía que un católico hispanoparlante hablara así de un legado como el nuestro, que consistió en llevar el español y –a través de las misiones- el catolicismo, la libertad y la civilización al continente americano, en una actitud que ha calificado de “interpretación maniquea de la Historia”. Al instante le llovieron las descalificaciones de la acera de enfrente. Para José Luis Villacañas, sus declaraciones constataban su ignorancia y su visión completamente dogmática de la Historia, cuando en ella hay muchas luces y sombras, y se pueden tener opiniones muy variadas sobre el legado español en América. España actuó de forma criminal, pero Ayuso ha afirmado que lo que hizo fue muy positivo , porque bebe de ensayistas como Elvira Roca, autora de “Imperiofobia y Leyenda Negra”. Para este filósofo progresista, AMLO o el Papa pueden expresar su opinión sobre las sombras de la conquista española, pero Ayuso no puede hacerlo sobre las luces de la misma, sin ser automáticamente denostada y descalificada.

Iñaki López ha dado muestras de su supina ignorancia al afirmar que, “en la teología de la Iglesia actual, la infalibilidad pontificia constituye un dogma. Se debe acatar y obedecer incondicionalmente lo que dice el Papa. Podríamos estar frente a una herejía” (¿?). El portavoz de la Comunidad de Madrid, Enrique Ossorio, le ha replicado adecuadamente que el Papa tenía capacidad para hablar con infalibilidad en los temas teológicos y éticos, pero que en este caso había hablado de Historia, en la que no gozaba de infalibilidad. Patricia Blanco y Francesco Manetta han criticado en “El País” las opiniones de Ayuso sobre el indigenismo, expuestas en un país en el que los indios, no sólo habían sufrido una catástrofe en el pasado, sino que seguían sometidos a la marginación y vivían en condiciones deplorables. No veo, sin embargo, cómo cabe culpar a Felipe VI o a España de lo que ocurre actualmente en Estados Unidos, donde –al no haber quedado apenas indios- el indigenismo antiespañol es liderado por los descendientes de los ingleses que los exterminaron.

Aznar ha criticado al Papa por su actitud y afirmado que, en una época donde se pide perdón por todo, él no iba a engrosas las filas de los que lo hacían, lo dijera quien lo dijera. El portavoz de Vox en el Congreso, Iván Espinosa de los Monteros, ha dicho que no comprendía qué hacía el jefe del Estado del Vaticano pidiendo perdón en nombre de los demás. El Papa Francisco debería reflexionar sobre el hecho paradójico de que sus palabras hayan molestado a los católicos y agradado a los no católicos, y sobre si no habría dicho algo inconveniente. Hasta el propio AMLO ha declarado que ahora México mantiene buenas relaciones con la Iglesia católica “gracias a que el Papa Francisco que es un verdadero cristiano” (sic). “¡El diablo citando la Biblia!”.

 

INJUSTICIA HISTÓRICA DE LA LEYENDA NEGRA

Según Elvira Roca, la historia del Imperio español es una cosa y otra la historia propagandística e ideológica que de él se ha hecho, especialmente en el caso de América, que no era una colonia, sino una región más de las Españas y en la que sus habitantes fueron tan súbditos de la Corona como los españoles peninsulares. La Leyenda Negra ha sido una prodigiosa operación de propaganda y “marketing” iniciada por los rebeldes flamencos y desarrollada por el hábil aparato propagandístico de Inglaterra, con la ayuda voluntaria de españoles como Antonio Pérez e involuntaria de otros como Bartolomé de las Casas, que proporcionó abundante munición para acusar a sus compatriotas de la comisión de atrocidades durante la conquista de Méjico.

Aunque la Leyenda Negra se nutrió de diversas fuentes, la principal de ellas fue la americana, alimentada por la “Brevísima relación”, que –según Roca- contiene barbaridades sin límites, como la justificación de los sacrificios humanos de los aztecas –que comparaba con la misa cristiana- o la apología del tráfico de esclavos negros que carecían de alma, para que los indios no tuvieran que trabajar.. La obra publicada en 1551, fue editada en francés en 1578 y en inglés en 1578, con los significativos títulos de “Tyranies et cruatés des Espagnols perpetrées aux Indes Occidentales,qu´on dit le Nouveau Monde, brievement décrites par l´ Eveque Don Frère Dominique” y “The Spanish Colonies or Brief Chronicle of the Actes and Gestes of the Spaniards in the West Indies, Called the New World, for the Space of XL Years”.La última incluía 17 grabados de Théodor De Bry que describían escenas atroces de indios descuartizados, torturas espantosas, niños asados o personas devoradas por perros. Las horripilantes escenas fueron difundidas por la agitprop inglesa y dadas por auténticas por los protestantes e incluso por algunos católicos. Para desmentir estas falacias, Juan de Solórzano escribió su impresionante “De Indiarum Iure”, pero una sola imagen de De Bry era un millón de veces más efectiva que las sesudas páginas de Solórzano.

Los dominicos en especial se significaron en la defensa de los indios. En 1512, el rey Fernando dictó en Burgos las Ordenanzas para el tratamiento de los indios en la que se reconocieron sus derechos y se abolió la esclavitud indígena. Se organizó su trabajo para la Corona a través de las encomiendas y su evangelización y educación en pie de igualdad. Ante las críticas por la actuación de algunos españoles, el emperador Carlos I convocó en 1551 una reunión de teólogos y juristas, en la que se enfrentaron las tesis de Bartolomé de las Casas, que negaba el derecho del Reino a someter a los indios, y la de Ginés de Sepúlveda, que mantenía que era legítima la tutela de los pueblos cuyo estado de barbarie les llevaba a grandes violencias, y prevalecieron las tesis favorables a los indios. Ya en 1538, Francisco de Vitoria –padre del Derecho Internacional- había reconocido a los indios la condición de sujetos de derecho y Francisco Suárez mantuvo que todos los hombres nacía libres por naturaleza, de modo que ninguno tenía poder político alguno sobre otro. ¿Ha existido algún otro Estado colonial que se haya planteado al máximo la legalidad de sus conquistas y del dominio sobre los conquistados, y haya dictado leyes para su protección?. Evidentemente no, pero la propaganda inglesa, a través de la manipulación, logró imponer su opinión de que España era la potencia colonial que peor comportamiento había tenido en su conquista de América, y la Corona no fue capaz de contrarrestar semejantes falacias.

Lo peor es que esta visión tan negativa ha tenido acogida hasta en la actualidad por los intelectuales y políticos de izquierdas –en particular de Podemos, cómplice y beneficiario de los populismos bolivarianos- y por los nacionalistas. Así, en 2019, el consejero de Acción Exterior, Alfred Bosch, pidió disculpas en nombre de Cataluña por las matanzas y agravios cometidos por los españoles durante la conquista de Méjico.

Tenemos al enemigo en casa, gracias a los que Alberto Gil califica de “eurobobos”, que desprecian nuestra Historia y nuestra cultura.

Según afirmó Charles Lummis en 1916, la razón de que no hayamos hecho justicia a los exploradores españoles se ha debido a que hemos sido mal informados –pecado de omisión de España- de una historia que no tiene paralelo. “Amamos la valentía en la exploración de América por los españoles, que fue la más grande, la más larga, la más maravillosa serie de valientes proezas que registra la historia”. Para Carmen Iglesias, la Historia universal no se puede explicar sin la Historia de España, cuyo Imperio cambió al mundo. La primera modernidad –a juicio de Jorge Cañizares- se produjo en el Imperio español. Luis Ribot ha afirmado que, en las distorsiones entre buenos y malos, España siempre ha perdido las batallas casi todas las batallas de la propaganda. En opinión de Marcelo Gullo, la Leyenda Negra es una mentira que nos hace esclavos del rencor; es la mayor “fake news” de la Historia…

En el documental de José Luis López-Linares titulado “España, la primera globalización”, 39 historiadores de prestigio han mantenido que el papel de España en la colonización de América ha sido distorsionado por la propaganda inglesa a través de la Leyenda Negra y que España no tiene que pedir por ella perdón a Méjico. En consecuencia, la respuesta que procede dar a la pregunta formulada en el título de este artículo es un rotundo NO.