Lágrimas de San Lorenzo

Por: David Lavilla

“Dadme la vuelta, que por este lado ya estoy hecho”, dijo San Lorenzo mientras le quemaban vivo en Roma por orden del emperador Valeriano. Es verdad que fue hace mucho tiempo, pero en las playas continuamos haciendo este estúpido ritual. Luego vienen los disgustos. Y las cosas de la piel. Pero el hombre es terco. Dicen, de hecho, que es el único animal que tropieza dos veces con la misma brasa. O algo así.

Y si no, que se lo pregunten a Don Simón, que va camino de hacer su segunda limonada, aprovechando que otra vez el bicho está poniendo toda la carne en el asador. Y se ve que no tiene compasión: llora como los cocodrilos a la hora de comer.

Aquí, entre tanto, hasta ayer, en la urbanización, a 40 grados a la sombra de una sombrilla de encaje y seda, como dice la canción, según van saliendo nuevas informaciones del bicho llorón, los vecinos nos miramos de otra manera. Y surgen los típicos comentarios: ¿qué tal has pasado la noche?, parece que te he oído toser; tienes mala cara, ¿te has puesto el termómetro?; ayer te vio Marimar entrar en la farmacia, ¿estáis todos bien?

Cada día se están ampliando las distancias entre nosotros. Antes hablábamos a dos metros. Después, cada uno en su territorio parcelado de la piscina. Más tarde, tras la mampara de metacrilato que instaló el presidente para hablar en turnos de 15 minutos sin derecho a réplica. Ayer todos hablaban por el grupo de WhatsApp. Pero hoy, como algunos escriben con un dedo, y son más lentos que el ministro Illa comprando EPI, el presidente ha creado una cuenta en Zoom. Y la comunicación ya es por videollamada.

Está curioso el tema. Mientras algunos parece que están en la piscina de un hotel resort en el Caribe, otros tienen toda la pinta de que estén en la alberca municipal de Villatinaja. No tiene nada malo estar en ninguno de los dos sitios, todo lo contrario. Lo malo es esa manía de querer aparentar lo que no se es.

Pero lo peor del caso no es la apariencia. Tampoco es el hecho de observar cómo el miedo ha provocado que todo el vecindario se conecte a una plataforma virtual para hablarse. Lo peor es que ahora hay que estar conectado a todas horas. Si no lo haces, no eres persona. Y te miran mal. Sobre todo si te cruzas con ellos en el supermercado, y comprueban que no te suena el bip-bip del teléfono. O se dan cuenta de que ni tan siquiera llevas el móvil para bajar a por el flotador del bebé al trastero de la urbanización.

“Mírale: ¡qué se habrá creído!, ayer estuvo fuera de línea todo el día y en conexión tan solo quince minutos”. “Fíjate, pues a mí me ha dicho su suegra que el tiempo de uso de su teléfono es inferior a la hora y media”. “Anda, pues su mujer me comentó por Facetime que no lee emails del trabajo si está de vacaciones”. “¡Oy, oy, oy! Pues su hijo mayor me contó que se ha borrado del Facebook. Ya te dije que una persona que solo tiene 136 contactos en Instagram no era de fiar”.

Y así con todo.

Me da mucha lástima comprobar cómo se ha creado en la comunidad una cercanía tan lejana entre todo el vecindario. Y me está dando miedo. Pero mucho miedo. Esta misma semana me he enterado sin querer de que se han organizado todos para hacer una barbacoa por Internet. Yo, sin decir nada a nadie, creo que me voy esta misma noche a mi pueblo a ver las Perseidas. No sea que en un descuido me lancen a su parrilla virtual para luego echarse a llorar, como cocodrilos, el día de las lágrimas de San Lorenzo.